El silencio dentro del auto era diferente ahora. No era la tensión eléctrica de antes, ni el peso de las miradas acusadoras. Era algo más… íntimo. Gael conducía con esa concentración feroz que ponía en todo, pero yo podía sentir la energía que salía de él, como un cable de alta tensión a punto de chisporrotear.
No fuimos a mi departamento. Tomó un camino distinto, hacia una zona de la ciudad donde los árboles eran más altos y las rejas más imponentes. Su casa.
Entré detrás de él. Gael se quitó el abrigo y lo dejó caer sobre el respaldo de una silla. No me miró. Caminó directo hacia una barra baja de cristal donde brillaban varias botellas de cristal pesado.
—¿Quieres algo? —preguntó, su voz ronca.
—No —dije, observándolo.
Él asintió, casi para sí mismo. Tomó un vaso corto y una botella de whisky de una etiqueta que no reconocí. Lo servió con cuidado, el líquido ámbar llenando el cristal hasta la mitad. Lo sostuvo contra la luz, mirándolo fijamente.
Y ahí lo vi. La tensión que l