La protección de Gael era una prisión.
Leo, el guardia de cuello ancho que parecía más un acantilado con patas, era mi nueva sombra. Me llevaba al café en un auto negro y discreto, se estacionaba frente al local, y pasaba las horas inmóvil tras el volante, observando. Su presencia era tan obvia como un elefante en una cristalería. Los clientes habituales murmuraban. Marta me lanzaba miradas cargadas de preguntas que yo no podía responder.
"Es por seguridad," le había dicho, con una sonrisa ta