La protección de Gael era una prisión.
Leo, el guardia de cuello ancho que parecía más un acantilado con patas, era mi nueva sombra. Me llevaba al café en un auto negro y discreto, se estacionaba frente al local, y pasaba las horas inmóvil tras el volante, observando. Su presencia era tan obvia como un elefante en una cristalería. Los clientes habituales murmuraban. Marta me lanzaba miradas cargadas de preguntas que yo no podía responder.
"Es por seguridad," le había dicho, con una sonrisa tan falsa que me dolían los músculos de la cara.
Pero no era seguridad lo que sentía. Era exposición. Me sentía como un insecto bajo un microscopio, cada movimiento analizado, cada conversación potencialmente escuchada. La paranoia se había convertido en mi compañera constante.
Esa mañana, el aire en el café estaba cargado del aroma rancio del miedo y los granos tostados de más. Yo estaba detrás del mostrador, intentando concentrarme en limpiar la máquina de espresso por tercera vez.
Una client