A pesar de la orden de Damian, yo sabía lo que debía hacer. Con una determinación fría que nacía del puro terror, escondí los dos objetos dentro de una caja de zapatos vieja, y la metí en lo más profundo de mi armario, detrás de la pila de suéteres de lana.
Luego, tomé mi teléfono. Mis dedos volaron sobre la pantalla. No llamé a su número habitual. Busqué en mis contactos el que él mismo me había dado, el que no estaba en internet. El número directo.
Lo marqué. Sonó una vez, dos.
—Viatrix. —Su voz al contestar no mostraba sorpresa, como si hubiera estado esperando mi llamada.
—Gael —mi voz se quebró—. Necesito verte. Ahora. Es… urgente.
Hubo una pausa breve.
—¿Dónde estás?
—En mi casa.
—No salgas. Envío a alguien por ti. —Cortó.
Aproveché el intervalo y tomé de nuevo el teléfono y la foto, guardándolo en mi bolso. Tenía que mostrarle.
Treinta minutos después, un auto negro y silencioso se detuvo frente a mi edificio. No era el chofer habitual. Era uno de los guardias que ha