A pesar de la orden de Damian, yo sabía lo que debía hacer. Con una determinación fría que nacía del puro terror, escondí los dos objetos dentro de una caja de zapatos vieja, y la metí en lo más profundo de mi armario, detrás de la pila de suéteres de lana.
Luego, tomé mi teléfono. Mis dedos volaron sobre la pantalla. No llamé a su número habitual. Busqué en mis contactos el que él mismo me había dado, el que no estaba en internet. El número directo.
Lo marqué. Sonó una vez, dos.
—Viatrix. —