El día después de la ópera, volvía a ser Cenicienta. Al trabajo y la rutina. Yo estaba detrás del mostrador, un puesto que hoy me daba una falsa sensación de seguridad. No tenía que servir mesas, solo anotar los pedidos.
Mis pensamientos eran un disco rayado: Gael, Damian, la mirada de odio. Intentaba concentrarme en contar los sobres de azúcar, en el zumbido monótono de la máquina de espresso. Pero era inútil. Mi mente estaba en otra parte, en un mundo de espejos y sombras.
Hasta que de repente entró una persona poco habitual.
La campanilla sonó. Todos los clientes levantaron la vista casi al unísono. Y se quedaron mirando.
Era una mujer que definitivamente no era de este lugar. Lo sabías al instante.
Llevaba un traje pantalón de lino blanco, impecable. El cabello, negro azabache y liso, le llegaba justo por debajo de los hombros. Su rostro era una obra de arte de ángulos precisos. Caminó hacia el mostrador con una elegancia que hacía que el suelo de linóleo pareciera una alfom