El día después de la ópera, volvía a ser Cenicienta. Al trabajo y la rutina. Yo estaba detrás del mostrador, un puesto que hoy me daba una falsa sensación de seguridad. No tenía que servir mesas, solo anotar los pedidos.
Mis pensamientos eran un disco rayado: Gael, Damian, la mirada de odio. Intentaba concentrarme en contar los sobres de azúcar, en el zumbido monótono de la máquina de espresso. Pero era inútil. Mi mente estaba en otra parte, en un mundo de espejos y sombras.
Hasta que de repe