Soñé con sus manos.
No fue como en la realidad, donde se detuvieron en mi mejilla con esa paciencia devastadora. En el sueño, no se detenían. Recorrían mi espalda, mi cintura, mi cuello. Y yo no me apartaba. Me inclinaba hacia él, como una flor buscando el sol, incluso sabiendo que ese sol podía quemarme.
Soñé que la chimenea crepitaba y que él no retrocedía.
Soñé que la lluvia golpeaba los ventanales y que sus labios encontraban los míos.
Soñé que no era una mentira.
Desperté sobresaltada, con