No supe cuánto tiempo estuve ahí, en ese callejón, con el peso de su mirada clavada en mi espalda. El auto de Gael no se movió, pero yo tampoco. Era como si los dos estuviéramos esperando a ver quién cedía primero. Al final, fui yo. Me sequé la cara con las manos, respiré hondo y seguí caminando, dejando atrás el callejón y su silencio vigilante.
Pasaron dos días. Dos días en los que Damian no apareció, no llamó, no mandó mensajes. El silencio debería haberme aliviado, pero en realidad me poní