Dos días después de la pesadilla, tomé una decisión.
No podía contarle a Gael. Lo conocía demasiado bien. Si le decía que quería indagar en el caso, sabiendo él que el juez estaba conectado con el ataque del callejón, que alguien había querido matarme por lo que vi, se volvería un escudo humano. Me encerraría en casa, pondría guardias hasta en el baño, y yo nunca sabría la verdad.
Y yo necesitaba saber.
Así que llamé a Valeria.
Quedamos en un café del centro, lejos de casa, lejos de los ojos de