El golpe nos sacudió hasta los huesos.
El coche de Valeria patinó, las ruedas chirriando contra el asfalto, el volante escapándose de sus manos por un segundo eterno. Me aferré al asiento con una mano y a mi vientre con la otra, sintiendo al bebé revolverse como si también supiera que algo iba muy mal.
—¡Agárrate! —gritó Valeria, enderezando el coche justo a tiempo para esquivar una farola.
El coche que nos perseguía no se rindió. Dio otra vuelta, colocándose a nuestro lado. Por el espejo later