El cielo estaba claro, de un azul pálido que anunciaba la llegada del amanecer, cuando Aitana sintió el primer dolor. Era un tirón suave, casi imperceptible, pero distinto a todo lo que había sentido antes. Cerró los ojos. Puso la mano sobre su vientre y esperó. A los pocos minutos, llegó otro. Luego otro más.
No fue miedo lo que sintió, sino una especie de reverencia. Como si el universo mismo se hubiera inclinado sobre ella para decirle: "Es hora."
Tomó aire profundamente. No corrió. No gritó