Capítulo 91. La deuda está pagada.
El reloj digital de la mesita de noche marcaba casi la medianoche, pero para ellos el tiempo no existía. Solo existía el sudor. La fricción. El sonido de la piel contra la piel. Arthur no mentía.
No era un amante; era una fuerza de la naturaleza. Habían pasado horas. O tal vez minutos eternos. La cena de langosta y carne parecía un recuerdo lejano, combustible quemado en la hoguera de su cama.
Camila estaba de rodillas en el centro del colchón revuelto. Tenía el cabello pegado a la cara por la