Capítulo 56. Sangre y honor.
El mundo se había reducido a tres cosas: el sonido ensordecedor de la lluvia, el olor metálico de la sangre y el peso inerte de Bruno Ávalos sobre sus piernas.
—¡Bruno! —gritó Victoria otra vez, sacudiéndolo por los hombros al mismo tiempo que trataba de liberarse.
Sus manos resbalaban sobre la tela empapada de la camisa de él, que ya no era blanca, sino una mezcla oscura de lodo y carmesí.
Él soltó un gemido. Fue un sonido bajo, gutural, animal. Un sonido de dolor puro que le heló la sangre a