Capítulo 57. No voy a dejar que se vaya.
El tiempo en un hospital no se mide en minutos, se mide en latidos. Y en ese pasillo de luces blancas y olor a antiséptico, el tiempo se había detenido por completo, atrapado en una burbuja de terror.
Victoria estaba sentada en una silla, con la mirada perdida en la pared de enfrente.
No veía el cartel que explicaba los derechos del paciente. No veía a las enfermeras que pasaban susurrando y mirándola de reojo.
Solo veía sangre.
Se miró las manos. Estaban secas ahora. El líquido rojo brilla