Capítulo 52. Los cimientos de mentira.
El silencio de la oficina del presidente era absoluto, un templo de acero y cristal donde Victoria Rivas acababa de jurar su propio y solitario gobierno.
Desde la altura, la ciudad se extendía como un mapa de posibilidades, pero en su pecho solo había un vacío frío. Había ganado. Tenía el control, el poder, el asiento que Bruno había vaciado por ella.
Entonces, ¿por qué se sentía como una intrusa en su propia victoria? Las sombras de la tarde alargaban sus dedos sobre la ciudad cuando el telé