Capítulo 47. Los genes no se niegan.
Panteón Civil de Dolores, Ciudad de México.
El calor del mediodía aplastaba el cementerio. No había viento. Solo polvo, silencio y el olor dulzón de las flores pudriéndose al sol. Arthur apagó el motor del Aston Martin.
—Llegamos —anunció, quitándose las gafas de sol para clavar la mirada en el Lote 404.
Allí estaba. La lápida de mármol blanco, brillando en medio de las tumbas grises y olvidadas.
—Impecable —murmuró Arthur con una mueca cruel—. Ni una mancha de tiempo. Parece que murió ayer.
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