Capítulo 40. La invitación forzada

Pasillo de elevadores, Torre Ávalos.

Camila metió su laptop en el maletín con manos temblorosas. No apagó la computadora, simplemente bajó la tapa. Tenía que irse. Durante las últimas seis horas, había sentido la presencia de Arthur Sterling a través de la pared de cristal de su oficina, como si fuera radiación nuclear.

Él no había vuelto a entrar, pero lo veía. Lo veía hablar por teléfono, lo veía reír con frialdad, lo veía mirarla cada vez que ella levantaba la vista. Era una tortura china.
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