179. Un pueblo detenido en el tiempo.
El sol todavía no alcanzaba el punto más alto cuando salimos de la cabaña. El aire conservaba el frescor de la mañana y una bruma tenue flotaba sobre el lago, envolviendo el paisaje con una calma que invitaba a caminar sin mirar el reloj. Cerré la puerta despacio y respiré hondo. Hacía mucho tiempo que un lugar no conseguía transmitirme aquella sensación de paz.
Adrián apareció detrás de mí con dos tazas de café humeante.
—Pensé que ibas a salir sin desayunar.
Sonreí mientras aceptaba una de la