180. Las huellas que el tiempo no borró.
El museo olía a madera antigua, papel envejecido y barniz. Apenas crucé la puerta tuve la sensación de haber entrado en un lugar donde el tiempo caminaba más despacio. El bullicio del pueblo desapareció detrás de nosotros y fue reemplazado por un silencio amable, apenas interrumpido por el crujido del piso bajo nuestros pasos.
Una mujer de unos sesenta años levantó la vista desde un escritorio ubicado junto a la entrada.
—Bienvenidos.
Su sonrisa tenía esa calidez propia de quienes llevan años r