El apartamento estaba en completo silencio, solo interrumpido por el suave golpeteo de la lluvia contra los ventanales. Emma hojeaba sin ganas una revista vieja en el sillón mientras Kael hojeaba con una mezcla de desdén y curiosidad uno de los libros de Clara.
—¿Sabías que según esto, los demonios son seres sin alma, ni compasión, ni sentido del humor? —Kael levantó una ceja y miró a Emma—. No me extraña que escriban estas cosas si nunca han compartido un desayuno conmigo.
Emma apenas esbozó u