Sentía la garganta seca, rasposa.
—Todo en esta porquería es de una pésima calidad —Escuché decir a una voz que reconocería hasta en mis peores pesadillas, ya que ha formado parte de ellas—. Las cortinas, el tapiz, las paredes. Se supone que este es considerado el mejor hotel cinco estrellas de la ciudad, pero es una m****a. Hasta mis perros tienen una habitación más lujosa.
Al abrir los ojos me encontré con Connor, de espaldas, mirando por la ventana. Ya no llevaba el saco de vestir, lo que