Habían pasado tres días desde la noche del ataque. Tres días desde que Donovan intentó golpear a Catrina, desde que descubrí su traición, desde que todo comenzó a desmoronarse. Y en esos tres días, el hombre que una vez fue mi jefe de seguridad, mi hombre de confianza, se había convertido en un despojo de sí mismo.
Estaba sentado en una silla de metal, en el centro del galpón, con las manos esposadas a la espalda. Su ropa, antes impecable, ahora era un desastre arrugado y sucio. Su barba había