Habían pasado cinco días desde el infierno. Cinco días desde los disparos, desde la sangre, desde que casi pierdo a Scott, a Connor, a mi bebé. Y en esos cinco días, algo había cambiado dentro de mí. El miedo seguía ahí, sí. Pero ya no me paralizaba. Ahora lo sentía como un recordatorio de lo frágil que era todo, de lo importante que era vivir cada momento con honestidad.
Por eso estaba aquí, frente a la puerta de la habitación de mi padre, con las manos temblorosas y el corazón latiendo con f