Esto terminaría muy mal.
Connor no estaba en condiciones para pelear con nadie. Ni siquiera conmigo, mucho menos con un borracho.
—¡Connor, espera! —grité, siguiéndolo.
No me escuchó. O fingió o hacerlo. Iba dos pasos detrás de él, intentaba interceptarlo, pero me esquivaba como futbolista. Lo vi recorrer la humilde casa, abriendo la ouerdek baño. Su espalda ancha y musculosa se tensó.
—¡Connor, detente! —Quise tomar su brazo, pero me esquivó.
—¡Albeiro! —gritó, bajando las escaleras de