Esto terminaría muy mal.
Connor no estaba en condiciones para pelear con nadie. Ni siquiera conmigo, mucho menos con un borracho.
—¡Connor, espera! —grité, siguiéndolo.
No me escuchó. O fingió o hacerlo. Iba dos pasos detrás de él, intentaba interceptarlo, pero me esquivaba como futbolista. Lo vi recorrer la humilde casa, abriendo la ouerdek baño. Su espalda ancha y musculosa se tensó.
—¡Connor, detente! —Quise tomar su brazo, pero me esquivó.
—¡Albeiro! —gritó, bajando las escaleras de dos en dos.
Exceptuando los gritos de Connor, la casa estaba sumida en un silencio escalofriante. ¿Se habrá quedado dormido?
Fue abriendo puerta tras puerta, nada. Ni siquiera estaba en su habitación, pero las sábanas estaban revueltas. ¿Habrá salido? ¿Escapó?
Con la cantidad de alcohol que debía tener en la sangre, seguro terminaría haciendo alguna locura.
Soltando una maldición, Connor se volteó, enfrentándome. Sus ojos verdes irradiaban de rabia.
—No está —declaró, las palabras sali