Los párpados me pesaban, los ojos me ardían, pero no pude dormir. Mantuve la espalda pegada a la puerta, las rodillas pegadas al pecho.
La ansiedad en la boca del estómago. Estar bajo el mismo techo que un borracho que intentó lastimarme y actuaba como un completo rechazado era un riesgo latente, pero no nos podíamos ir. Al menos no hasta que amaneciera. Era muy peligroso salir de madrugada, mucho más después de un terremoto.
Me pellizcaba a mí misma, trataba de contar chiste. Lo que fuer