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Capítulo 5: Noticia tras las rejas

Me sentía tan vacía al regresar al pequeño apartamento que rentaba, ahora que ya no tenía empleo era como si hubiera fallado en la vida, y creo que si era el caso. Mi objetivo principal era mantener mi empleo y fracasé. Mi sustento…

Solo me estaba defendiendo, pero eso no le importaba a nadie. No podía montar una denuncia policial, ni siquiera una queja a la cadena hotelera, ya que no era ciudadana. Si le contaba a algún ente judicial, en lugar de la víctima me convertirán en la criminal, deportándome lejos de este país que he considerado mi hogar por más de trece años, a pesar de que el a mí no.

Los ojos se me llenaron de lágrimas, sintiendo la impotencia oprimirme el pecho. Me dejé caer en la cama, esperando que el sentimiento desapareciera, pero no lo hacía. Las horas pasaban y mi estómago comenzó a gruñir. Fui a la cocina y al abrir la nevera, la encontré vacía. Lo había olvidado por completo. Se suponía que al salir del trabajo iba a ir al supermercado.

Y fue cuando la realidad me golpeó. Yo… ¡Yo había dejado todas mis pertenencias en el casillero! ¡Mi dinero, mi celular, todo!

Estuve a nada de querer arrancarme el cabello con las manos.

No podía regresar al hotel porque tenía miedo de haber sido denunciada, pero tenía que hacerlo. No podía dejar el poco dinero que poseía en ese lugar. Lo necesitaba para marcharme.

Aunque... Esta era una hora pésima y el gerente seguro seguía ahí, acechando como un coyote. Tenía que esperar…

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A medianoche, después de estar todo el día sin comer, me atreví a entrar en el hotel, sintiendo como la ansiedad se alojaba en mi garganta. Estaba muy preocupada. Los resultados del embarazo ya debieron ser enviados a mi celular. Podría ser positivo, y si ese era el caso, tenía que comer. Sería una nueva vida dentro de mí de la que me tenía que hacer responsable. No podía permitir que pasara hambre.

Usé una capucha y pasé como si nada. Tal y como lo haría cualquier día, pero esta vez, cabizbaja y con el corazón latiéndome a un ritmo anormal.

Tenía la esperanza de que el gerente no haya sido tan desgraciado para vengarse de mí denunciándome, cuando lo único que hice fue defenderme.

Pero todas mis esperanzas murieron cuando en medio del vestíbulo, dos hombres vestidos de civil, me bloquearon el paso. ¿Los de migración no descansan? Hasta se vestían de civil para atraparnos con la guardia baja. ¡Actuaban como si yo fuera una ladrona de joyas profesional!

—Catrina Castillo, necesitamos que venga con nosotros —dijo uno de ellos.

¡Conocían mi rostro, mi nombre, todo! El gerente Richard les había proporcionado toda mi información.

Sentía que me dolía el estómago. Quería vomitar.

—No… Yo no soy —Intenté decir mientras retrocedía, pero no me dejaron terminar. Tomaron uno de mis brazos y lo movieron hasta colocármelo en la espalda, al punto que sentí que me sacaría el codo y el hombro de lugar.

—Esto no podía estar pasándome… —susurré para mí misma, sintiendo como las lágrimas me empañaban la vista.

Después de todo mi esfuerzo, toda mi lucha, estaba siendo sacada del hotel donde trabajé como si fuera una criminal, en vista de todos. Me deportarían. Me regresarían a un país que a pesar de haber nacido en el, no lo consideraba mi hogar. Mi padre… No podía dejarlo aquí, solo. No era capaz de mantenerse por su cuenta. Terminaría en la calle como un indigente o lo terminaría deportando el mismo hospital una vez que yo ya no pueda hacerme cargo de los gastos. Y yo… Yo podría estar embarazada. No podía dejar que… mi bebé naciera en un país como ese, con una calidad de vida tan deplorable. Merecía una mejor vida.

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Una de mis mayores pesadillas era estar encerrada en un Centro de Detención de inmigrantes. Y aquí estaba, haciéndose realidad. La celda no era más que unos pocos metros cuadrados, con barrotes oxidados y con más de una docena de mujeres de distintas edades. Casi no había espacio para estirarse. Tuve que sentarme en el piso, en un rincón, sintiendo no solo mi tristeza, sino la del grupo femenino entero, que pasaban por la misma situación.

Las horas pasaban, nadie venía a vernos, había pedido un abogado desde que puse un pie en este lugar y no lo han traído. Y ni hablemos de la comida. ¡Ni un solo bocado! Éramos como animales. No, ni siquiera a los animales se les trataba de esa forma.

—Tranquila, es normal llorar. Todas lo hacemos las primeras semanas hasta que nos acostumbramos a la realidad —Me dijo una de las mujeres, intentando acercarse mientras lo único que yo hacía era derramar lágrimas.

Y fue como si prendieran una chispa. El grupo de mujeres se me comenzó a acercar, a conocer a la “chica nueva”.

—Llevo ocho meses aquí —dijo una con una voz tan gastada como su rostro—. Esperando la audiencia.

—Yo, un año —añadió otra que parecía muy mayor—. Mi hijo tiene dos. Ni siquiera sabe que yo fui atrapada por los mismos agentes. El pobre debe pensar que lo abandoné.

Las historias de las mujeres eran horribles. Y en lugar de reconfortarme, me hundieron aún más en la tristeza.

Un año, dos años, tres. Yo no podía. No podía estar tanto tiempo aquí, dar a luz a mi bebé en un lugar como este.

De pronto, la puerta metálica se abrió y dejó en evidencia a un oficial con gesto de fastidio.

—Catrina Castillo. Tiene visita —anunció.

¿Yo? ¿Visitas? ¿Quién? No tenía a nadie, solo a mi padre y era imposible que estuviera aquí.

Me levanté lentamente. Todas me miraron, sorprendidas, dejándome saber que las visitas eran un lujo raro aquí.

Al salir de la celda, me guiaron por un pasillo mal iluminado. No había nada que me indicara si era de día o de noche. Había perdido la noción del tiempo.

Abrió la última puerta del pasillo y me hizo pasar. Lo que vi me dejó sin aliento.

Apoyado contra la pared, con un traje impecable que gritaba poder y dinero en ese lugar de miseria, estaba Connor Ronchester. Tenía los brazos cruzados. Y su postura dejaba ver lo poco feliz que estaba. Sus ojos, aquellos ojos verdes bosque que albergaban oscuridad, estaban fijos en mí. Mi corazón dio un vuelco violento. ¿Qué demonios hacía él aquí?

Antes de que pudiera articular una palabra, mi atención se desvió a un hombre regordete y vestido de traje, quién carraspeó para llamar mi atención. Estaba sentado frente a una mesa metálica, con una carpeta de cuero abierta.

—Señorita Castillo, siéntese, por favor —habló con una voz calmada y profesional—. Soy el abogado, Alan Wright. Estoy aquí para ayudarla.

¿El abogado pro-bono que yo pedí? Pero, si era así, ¿qué hacía Connor aquí? ¿Cómo había logrado entrar a un lugar tan restringido como este? ¿Vino a burlarse? ¿Se enteró qué yo estaba aquí porque fui arrestada en el hotel? O acaso… ¿Él fue quién me denunció y no el gerente?

Las preguntas me invadían y varias de ellas eran tormentosas.

—No entiendo que está pasando. ¿Por qué está él aquí? —Me dirigí al abogado, ya que no tenía energías para discutir con mi exnovio. Y él tampoco parecía muy dispuesto a dirigirme la palabra, lo que hacía más confuso todo.

—Señorita Castillo, el tiempo es valioso y nosotros tenemos poco. Estamos intentando sacarla de este lugar pasando por encima de muchos procesos judiciales —El abogado colocó un contrato en la mesa, justo frente a mí—. Si firma este contrato, puedo sacarla de este lugar inmediatamente. Hoy mismo.

Agrandé los ojos y casi me tambaleé hacía atrás. No sabía si era por la falta de alimento o la sorpresa.

¿Sacarme de aquí? ¿Tan pronto? ¿Era posible?

Se escuchaba demasiado bien y eso lo hacía más peligroso. En especial, porque Connor estaba involucrado.

Caminé directo al demonio pelirrojo, enfrentando sus ojos verdes que no dudaban en examinarme con intensidad.

—¿Qué es esto, Ronchester? —hablé, sintiendo la rabia de diez años de resentimiento en el fondo de mi garganta—. ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué me ayudarías después de cómo me trataste?

No me respondió. En su lugar, las comisuras de sus labios se levantaron levemente, como si se estuviera burlando de mí.

Y fue como si todo lo que llevaba adentro explotara.

Levanté la mano, lista para abofetearlo, tal y como lo quise hacer diez años atrás. Pero me sujetó por la muñeca cuando estaba a nada de golpear su rostro.

Sentí como el lugar que me sujetaba comenzaba a quemarme, cosquillearme. Una sensación que se expandió por mi cuerpo, traicionándome.

—¡Suéltame! —Forcejeé inútilmente, pero su agarre era firme.

De pronto, tiró de mí, hasta que el espacio personal desapareció. La rabia seguía hirviendo dentro de mí, pero su cercanía me descompensó por un segundo, robándome el aliento.

—No te estoy ayudando a ti —Su voz era severa, cargada de autoridad—. Estoy protegiendo mi inversión. Los resultados de sangre llegaron. Felicidades, estás embarazada. Llevas en tu vientre al heredero de la fortuna Ronchester. A mi hijo, Catrina.

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