—¡Hywell! —Jade exclamó, sacudiéndolo con más fuerza, la desesperación creciendo como una marea en su pecho—. ¡Hywell, despierta! ¡No me puedes dejar!
Apoyó su cabeza en su pecho, buscando un latido, cualquier signo de vida, pero no había nada. Solo el frío, el silencio. El mundo se le vino encima. El aire se volvió irrespirable.
Jade levantó la cabeza, su rostro descompuesto por el dolor, las lágrimas brotando sin control, cayendo a chorros por sus mejillas, mezclándose con la sangre seca en s