La dirección que Hywell Phoenix recibió en su teléfono lo llevó a las afueras de Los Ángeles, a un distrito industrial olvidado.
El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de naranjas y morados, pero el ambiente en el viejo complejo era sombrío y desolador. La limusina se detuvo frente a lo que parecía ser una vieja fábrica de químicos abandonada. Las ventanas estaban rotas, los muros de ladrillo desconchados y cubiertos de grafitis.
Un letrero oxidado, apenas legible, colgaba ladeado sobre