La semana que siguió a la bendición de Morgan fue un torbellino de indecisión para Jade. Pasó horas, días, sopesando los pros y los contras de la oferta de Hywell. Su mente era un campo de batalla donde la lógica chocaba con la emoción, el pasado con la promesa de un futuro incierto y su corazón con su carebro.
La verdad era innegable: no amaba a Hywell. No sentía esa pasión desenfrenada y, en retrospectiva, tóxica que había sentido por Robert, el hombre que ahora yacía en una tumba anónima. Co