72. En manos de la ley
Roxana
Las calles se difuminaron tras el parabrisas empañado por las lágrimas, por esa rabia que me quemaba al recordar mi súplica en el hospital, cuando aún creí que podíamos reparar lo irreparable. Al pensar en las veces que pudo burlarse de mí con ella, en lo poco que significamos Andrea y yo para él.
Cada silencio, cada sonrisa, cada acto de sumisión, ahora parecían solo una acumulación de tiempo perdido en el que pude ser libre. De haber escuchado a Lucía, a las pocas ocasiones de lucidez