39. Observando las señales
Roxana
—No. —Intenté cerrar la puerta de mi oficina, pero Lucía ya había metido medio cuerpo.
—Sí. —Me tomó del brazo con esa determinación que solo ella podía mostrar conmigo—. Necesitas respirar algo que no sea aire viciado de este lugar.
—Lu, tengo mil cosas que hacer y estás ofendiendo a Claudia —dije mirando a mi asistente con súplica.
—Siempre huele a frutos rojos, señorita Bianchi —intervino Claudia con una sonrisa—. Pero tiene razón, mi jefa necesita unas horas de descanso.
—¡Traidora!