El silencio era un enemigo más, denso y amenazador. Cada susurro del viento entre las hojas, cada llamada de un pájaro lejano, sonaba como el avance sigiloso de los Koo Yasi. La aldea se había convertido en una fortaleza silenciosa, sus habitantes agazapados tras la empalizada, con las lanzas en la mano y el corazón en la garganta.
Nayra estaba en un pequeño puesto de observación elevado que había mandado construir junto a la puerta principal, el único punto de entrada deliberadamente reforzado