Las brumas del invierno tardío comenzaban a disiparse sobre las cumbres de Colmillo de Plata, cediendo paso a la luz fría y prístina del alba siberiana. El sol, alzándose en el horizonte como un disco de plata pulida, proyectaba destellos violetas y dorados sobre las grandes agujas de bismuto rúnico que coronaban la ciudadela imperial. En los patios inferiores, el entrenamiento de la manada pura discurría con el ritmo matemático de siempre; los escuadrones avanzaban en formación cerrada, hacien