El deshielo de las cumbres siberianas avanzaba con una lentitud majestuosa, transformando los desfiladeros de Colmillo de Plata en torrentes de agua pura que rugían ladera abajo hacia el río bismuto. La luz del mediodía caía perpendicular sobre las torres de la fortaleza, arrancando reflejos metálicos a las cúpulas de granito y a las defensas de la muralla exterior. El aire, limpio y cortante, olía a pino fundido, nieve fresca y a la resina rúnica que ardía de forma ininterrumpida en los grande