El primer año tras la gran unificación de Colmillo de Plata amaneció bajo un cielo de un azul tan despejado que parecía tallado en cristal de bismuto. La brisa que descendía de los picos siberianos ya no arrastraba el olor a azufre de los almacenes incendiados ni la ceniza de los bastiones rebeldes, sino la pureza helada del pino negro y la tierra fértil de los valles bajo la nieve. El gran imperio de la Sombra y el Acero no solo se mantenía erguido; había comenzado a madurar con una tranquilid