La tregua mística que concedió el nacimiento del primer varón apenas duró el espacio de un par de respiraciones contenidas. El llanto del recién nacido, agudo y fuerte, pareció activar un resorte en el plano astral de la habitación, desatando una segunda oleada de energía que hizo crujir los cristales de bismuto de los ventanales. El primer cachorro, ya arropado en los brazos de una de las sanadoras, poseía el latido rítmico y furioso de la manada pura, pero la tormenta en el vientre de Vanya d