El silencio que siguió al cese de la tormenta en el exterior de Colmillo de Plata no era el vacío de la desolación, sino el respetuoso mutismo del norte ante el nacimiento de sus nuevos señores. Dentro de la alcoba imperial, el calor de los enormes braseros de bismuto rúnico mantenía una temperatura constante y agradable, disipando el frío que durante meses había amenazado con infiltrarse en los muros de granito negro.
Vanya yacía recostada sobre los cojines de seda y pieles de zorro polar, exh