El aroma a sangre y ozono de las bóvedas inferiores tardó poco en ser arrastrado por las corrientes de aire místico que circulaban a través de las saeteras de granito negro de Colmillo de Plata. Arriba, en la torre este, el ambiente era una caldera de energía contenida. La tormenta exterior golpeaba los ventanales de bismuto rúnico con una fuerza descomunal, como si la naturaleza misma protestara ante la inminente llegada de una fuerza que alteraría el equilibrio geopolítico del continente.
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