La noche cayó sobre los desfiladeros del oeste con la pesadez de una losa de bismuto. El viento helado silbaba entre las grietas de la piedra, arrastrando consigo la escarcha y el eco lejano de los caballos de la vanguardia señuelo. Para Gideon y su menguante coalición de rebeldes, el escenario era perfecto. Habían tomado posiciones en las alturas de los acantilados que flanqueaban el río de los tres vados, con pesadas rocas y barriles de brea mística listos para ser arrojados sobre el ejército