495. TODOS EN ALERTA
La incertidumbre comenzaba a desbordarse entre nosotros. Cada intento fallido de establecer contacto era como un martillazo en nuestra ya deteriorada tranquilidad. Papá, impaciente y furioso, cerró su teléfono con un golpe seco que resonó en el silencio del pasillo.
—Esto ya no puede esperar —gritó con el tono autoritario que conocíamos demasiado bien—. Colombo, llama a Colombo. Gerónimo, yo llamaré a Casio. Guido, llama a Rossi o Salvatore.
—¿Por qué no llamamos a Darío? Él puede localizarlos