Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa abrió de piernas y sin esperar autorización, se introdujo en Lena de una sola estocada, que sacó el oxígeno de sus pulmones.
―¡Joder! ―exclamó.
El calor y lo estrecho de la cavidad incitó su cuerpo hasta que una capa más gruesa de sudor perló su frente y su torso musculado, combinando su aroma a aftershave, a colonia y a su esencia con el perfume que provenía de Lena.
Se detuvo en lo más hondo de su ser, la aferró con las manos sobre las caderas redondas de Lena. Cerró los ojos y se deleitó con la sensación.
Lo estaba rodeando, apretando, palpitando a su alrededor, y estaba tan húmeda y calientita.
«Podría morir con esta sensación» ―pensó alzando el cuello, embriagado con el cuerpo femenino, con el corazón a mil, la boca todavía saboreando su néctar, entusiasmado con todas las sensaciones que provenían de aquel cuerpo curvilíneo que estaba a su disposición.
El leve gemido de Lena lo alertó y se movió despacio, entrando y saliendo, bombeando con sutileza al principio, desesperándola en el proceso. Quiso más, se lo dijo el coño que se ceñía cada que llegaba al fondo de su complaciente canal, pero no quería que acabara sin él.
Desde su postura, bajó la cabeza y admiró el cuerpo de Lena, sumisa, con las manos agarradas a la camilla, tensa. Sus hombros delgados que terminaban en una cinturita lo hicieron relamerse, pero fue sus caderas grandes y su culo con la forma de corazón los que provocaron que se olvidara de perpetuar el acto y comenzara a cogerla como el salvaje que era, haciendo que las carnes magras de ella temblaran con cada empujón, que sus testículos golpearan contra el clítoris y que ella gimiera cada vez más alto.
La agarró del cabello y subió su cabeza para ver la expresión cada vez más desmadejada de Lena, que estaba metiéndose más y más en el remolino de la lujuria, acercándose al precipicio.
El cuerpo se les calentó, el infierno se desató en sus intimidades. Los ataques se hicieron brutales y del interior de Lena emergía deseo puro. Sus pechos goteaban leche, creando dos charcos en el suelo, y sus jugos calaban sus muslos, tanto los de ella como los del doctor.
El sonido de sus cuerpos eclosionando lo estimuló más y más, hasta que perdieron la razón y se volvieron dos seres primarios, moviéndose al mismo compás, deseando elevarse al mismo tiempo.
El calor aumentó, sus cuerpos se estremecieron con fuerza.
Ella gimió y sollozó, cerrándose alrededor de su miembro, mientras él gruñía como un león y se enterraba en lo más hondo de su ser, mandando su semen caliente y enérgico hasta su vientre, llenándola, haciendo que aquel acto la arrastrara al inferno más paradisiaco que alguna vez conoció.
Vibraron con violencia, aferrándose al otro hasta que los oídos se le cerraron, con el pulso alterado, la respiración truculenta.
Se resbalaron al suelo.
Moran salió de su interior con un jadeo, anhelando volver a enterrarse en su delirio.
Se sintió hechizado por la jovencita de senos grandes y cuerpo de infarto que lo volvió loco en cuanto la vio. Se acostaron en el suelo y la abrazó, buscando sus pechos de donde seguía saliendo pequeñitas gotas de leche. Succionó sus pechos con delicadeza, arrancándole gemidos exhaustos a Lena, quien se dedicó a acariciar su melena.
No querían despegarse, se sentían llenos del otro, deseando quedarse así por la eternidad.
Lena estaba satisfecha como nunca lo estuvo antes. Se sentía liviana y reconfortada, sus pechos no pesaban tanto, y solo deseaba alimentarlo como a un lactante que necesita su néctar para sobrevivir, quería ser suya, quería pertenecerle, sentir por más tiempo su dureza en su interior, llevándola al paraíso que solo vislumbró con él ensanchándola, llenándola con su vigor, con el mismo que se deslizó por sus piernas. Ni siquiera le importaba la idea de quedar embarazada, al contrario, le pareció un justo trato, así le pertenecería del todo, la marcaría como su mujer.
Casi el mismo sentir nació en el interior de Moran. Quiso a esa hembra, la deseó para sí y solo para sí. Succionó sus pechos hasta dejarlos secos, parando los dedos por su cintura, apretándola contra su cuerpo, esperando unos segundos antes de volver a sumergirse en las profundidades acuosas de su coño.
―Creo que necesitará más tratamiento, señorita, dudo mucho que con una sesión sea suficiente para quitarle la afección ―dijo despegándose de sus pechos, enderezándose sin dejar de apretarla contra su cuerpo.
Los ojos avellanada de Lena lo perturbaron y quedó prendado de la latente inocencia que notó en sus pupilas, provocándole otra erección descomunal, sin necesidad de que necesitara más minutos para recuperarse, la deseaba tanto que quería llenarla con su semen una y otra vez, llenarla de su semen hasta que todos sintieran su aroma varonil en la suave y tersa piel de Lena.
«La haré mía» ―pensó imaginando a Lena en su casa, con una barriga abultada donde crecería la semilla que ya había echado en su vientre. Era pensamiento tan cavernícola lo puso furioso, la agarró de la pierna, se posicionó en su entrada y de una sola estocada invadió la aterciopelada cavidad que ya lo esperaba.
―Como diga, doctor, estoy dispuesta a hacer todas las sesiones que sean pertinentes ―musitó en respuesta, apretándolo en su interior, calentándose con una espasmódica rapidez que la desconcertó. Era como si su cuerpo supiera que le pertenecía, que debía seguir sus mandatos y obedecer sin demora.
Gimió y sus ojos se obnubilaron.
Moran la agarró del culo y se metió un poco más en ella.
―Creo que serán muchas sesiones, además, tendré que tranquilizar su cuerpo todos los días, así que tendremos que gestionar dónde hacerlo para que no influya en sus actividades diarias ―siguió diciendo, mientras su miembro cobraba vida propia y se movía dentro de Lena.
Los párpados se le entornaron y abrió su boquita roja, pequeña y mullida sacando un prolongado jadeo, tentándolo a cogerla.
―Haré lo que deseé doctor, seguiré lo que me diga, el tratamiento que guste y como me lo ordene. Sé que mis pechos se llenarán de nuevo de leche, y que ocuparé alguien que la beba… así como necesitaré alguien que me tome y me haga sentir bien ―comentó Lena con la voz en un hilo, dulce y encantadora.
Moran sonrió.
La tenía, faltaba ver cómo le propondría hacerla suya, llevarla a sus dominios para desayunar de su cuerpo, para beber su elíxir todos los días y saborear sus mieles cada que se le antojara.
El deseo de hacerla suya incrementó.
Sí, esa jovencita sería su vaquita, su hembra, su mujer…







