Doctor 3

―Verá ―comenzó a hablar, con los ojos fijos en el escritorio de nogal, abrazando su cuerpo para cubrirse―, desde hace unos días he sentido algunas molestias y… hoy me he levantado con cierto malestar y al ver… ―inhaló profundo sin saber qué más decir.

Derrotada, desdobló los brazos y se quitó el cardigán, mostrándole al doctor los grandes círculos de leche que crecieron durante su estancia, mojando parte del abdomen en el proceso.

Al no oír su voz femenina y tímida, Moran alzó los ojos encontrándose con era par de melones redondos y preciosos de donde brotaba leche. Pudo apreciar los pezones de Lena a la perfección, su color rosadito y el tamaño de las areolas. Eran preciosos.

Su pene saltó en un respingo al verla. La boca se le abrió y el corazón le martilló en su pecho, la sangre se le volvió lava volcánica y su lengua se pasó por la comisura de su boca. Casi podía degustar el dulce néctar de esa jovencita preciosa que llegó a su consulta con un inconveniente muy raro que a él le puso cardiaco.

―¿Está embarazada?, o ¿recientemente ha dado a luz? ―preguntó intrigado.

Lena se mordió el labio inferior y pudo percibir el fuego quemando dentro de las pupilas de Moran, deseándola, a ella.

Juntó los muslos mojados por su esencia, iba a salir del consultorio con la ropa empapada por delante y por detrás. Sin quererlo, imágenes de su cuerpo sometido por el alto y guapo doctor la hicieron removerse sobre la silla.

―No, nada de eso ―respondió acalorada, notando que todo su cuerpo se ponía más caliente.

―¿Puede decirme bien qué ha ocurrido en estos días? ―consultó Moran, relamiéndose como un lobo hambriento.

Sin querer y con inocencia, Lena se apresó los pechos con sus manos pequeñas que no lograban abarcarlos.

Moran casi se atraganta al ver esas manitas femeninas subir esos pechos grandes y tentadores, casi como si se los estuviera ofreciendo.

―Hace unos días comenzaron a dolerme ―dijo Lena, masajeándose los pechos, sin que su mente registrara la acción, con la vergüenza coloreando sus mejillas infantiles y tersas―. Y eso no es todo. Hoy por la mañana… ―se interrumpió y se pellizcó los pezones ante el desconcierto de Moran.

La leche salió de los pezones y gotas blancas se acumularon en la punta, sobrepasando la ropa hasta que esta la absorbió.

―He lactado ―concluyó con un gemido incitador en el que sus párpados se entornaron llenos de lujuria. Su mente dejó de funcionar, y su deseo ganó terreno, volviéndose descarada―. Y, sobre eso… No puedo contenerme, doctor.

―¿A qué se refiere? ―preguntó Moran, empuñando las manos para refrenarse y no desnudar a esa jovencita que se le estaba ofreciendo, claro, quería despojarla de ese sencillo vestido, quería meter la cabeza entre sus pechos y degustar el dulce néctar que salía de sus pezoncitos rosados, pero algo le hizo quedarse sentado, con la erección a tope, queriendo escuchar el cuadro de la paciente a la que quería follar, solo por morbo, solo para incrementar su lascivia.

―Todo el tiempo tengo deseo, doctor ―siguió Lena, sin dejar de masajearse los pechos, mientras el vestido seguía mojándose despacio, mostrando del todo sus senos bajo la tela empapada, y por debajo, estaba tan húmeda que sentía que iba a alcanzar el orgasmo con solo esa mirada celeste―. Estoy caliente todo el día y no me calmo con nada. Además, me humedezco a la mínima provocación. De hecho… ―Se relamió los labios con sensualidad, con los ojos perdidos por la lascivia, por el fuego que consumía su vientre, por el deseo que la estaba haciendo comportarse como una cualquiera, sin entender que se estaba exhibiendo, no le importaba, quería atraerlo, quería seducirlo y saciar sus necesidades―. De hecho, ahora mismo estoy mojada, tan mojada que no podré levantarme de esta silla, doctor ―confesó entre gemidos.

Moran tragó saliva con dificultad.

―Comprendo… ¿Qué le parece si pasamos al examen físico? ―propuso con una idea en la cabeza, una idea que le hizo degustar el cuerpo juvenil que tenía enfrente, repasar esas piernas largas, de infarto, así como esas caderas turgentes que se imaginó agarrando para darle envestidas por detrás, viendo el movimiento de su culo grande y respingón, así como el de esos pechos generosos que lo tenían embobado.

Lena asintió mordiéndose el carrillo, engatusada por las ansias que corrían en sus venas, que le hacían querer doblegarse a cualquier petición de aquel monumento masculino.

Su corazón palpitó por todo su cuerpo, sintiéndolo en lo más hondo de su cavidad.

―Bien, necesito que se quite toda la ropa, y que desnuda se suba a la camilla ―indicó observando desde su asiento, con ojos libertinos, admirando cómo la joven embriagada con las ansias de ser tomada.

«¡Joder, qué buena está!» ―pensó encandilado, agarrando una pluma entre las manos con la que comenzó a juguetear, morboseándo las curvas femeninas.

Lena se puso en pie y sin pensarlo, agarró el dobladillo del vestido y se lo quitó por encima de la cabeza. Moran se adelantó en la silla, observando la figura curvilínea de la jovencita, relamiéndose con hambre.

Era tremendamente seductora con sus grandes pechos llenos de leche, con sus clavículas marcadas, con sus hombros y espalda delgada que discurría hasta una estrecha cintura y un abdomen plano que se decoraba con era ombligo sensual. Su cuerpo se abría a unas caderas voluptuosas, redondas, y unos glúteos carnosos y bien parados, concluyendo en unas piernas largas.

Lo único que impidió su examen fue esas braguitas pequeñas de olanes.

―Las bragas también ―señaló sin perderse detalle de cómo se quitaba la prenda con lentitud, estaba mojada tan mojada que alcanzó a ver los labios vaginales de Lena, unos labios hinchaditos, pequeños y rosados que hicieron que su boca se hiciere agua.

El miembro le punzó y se imaginó penetrándola, cogiéndosela hasta el cansancio, hasta que quedara satisfecha.

―Deme las bragas, tengo que examinarlas ―le pidió sin pudor, manteniéndose en su papel, pero sabiendo bien que los dos solo estaban jugando al doctor, porque lo cierto es que querían hacer más que solo pasar un examen clínico.

Continue lendo este livro gratuitamente
Digitalize o código para baixar o App
Explore e leia boas novelas gratuitamente
Acesso gratuito a um vasto número de boas novelas no aplicativo BueNovela. Baixe os livros que você gosta e leia em qualquer lugar e a qualquer hora.
Leia livros gratuitamente no aplicativo
Digitalize o código para ler no App