La habitación del hospital estaba en silencio, interrumpido solo por el pitido rítmico del monitor y el murmullo lejano de pasos en el pasillo. Afuera llovía. Una lluvia suave, persistente, que empañaba la ventana y convertía el mundo exterior en un borrón gris.
Emma estaba recostada, con una mano sobre el vientre y la otra aferrada a la sábana. Sentía el cuerpo agotado, pero la mente despierta, demasiado despierta. Alejandro estaba sentado frente a ella, no en la silla incómoda esta vez, sino