Emma volvió a casa sola al caer la tarde.
El taxi se alejó despacio, como si incluso el conductor hubiese entendido que aquel no era un momento para prisas. Emma se quedó de pie unos segundos frente a la puerta, con una mano apoyada en la baranda y la otra sobre su vientre, respirando con cuidado, como le habían indicado los médicos. Cada inhalación era un recordatorio: debía calmarse. Debía cuidarse. Debía pensar.
La casa estaba en silencio.
Un silencio distinto al de otras veces. No era la au