El día había pasado lento, como si las montañas quisieran protegerlos de la vorágine que reinaba en la ciudad. Pero en la cabaña no había paz. Había cansancio, heridas aún abiertas y un miedo que se filtraba por cada rendija.
La tarde se volvió noche sin que nadie lo notara. Mateo había encendido las lámparas de aceite, y Clara, recostada en un sillón, luchaba contra el sueño, todavía adolorida por lo vivido en el secuestro. Emma había ayudado a Lucía a vendarse el brazo de nuevo; la herida hab