La cabaña estaba sumida en un silencio extraño, casi reverencial. Afuera, el viento de la montaña golpeaba las ventanas con ráfagas heladas, arrastrando consigo el ulular de los pinos. Dentro, sin embargo, el aire era cálido, denso, cargado de emociones que parecían demasiado grandes para las paredes de madera que los contenían.
Emma estaba sentada en un sillón, con las piernas recogidas y una manta cubriéndola. El fuego de la chimenea iluminaba su rostro, resaltando sus ojos húmedos, aún marca