El motor de la camioneta rugía como un animal herido mientras Mateo apretaba el volante con una ferocidad casi antinatural. El asfalto pasaba bajo las ruedas como un río negro, y cada curva parecía un precipicio al que podían caer si no mantenían la velocidad. El retrovisor vibraba por los disparos que todavía resonaban a lo lejos, cada eco un recordatorio de lo cerca que habían estado de morir.
Emma estaba en el asiento trasero, con Alejandro recostado sobre sus piernas. La camisa de él estaba