El crepitar de las ramas bajo las botas enemigas se convirtió en una advertencia imposible de ignorar. La cabaña, que hasta hacía minutos había sido un refugio improvisado, se transformó de golpe en una celda de madera donde el aire se volvía cada vez más denso.
Alejandro dio un paso al frente, con el arma en la mano, su cuerpo tensado como una cuerda a punto de romperse.
—Mateo, revisa la parte trasera. Clara, mantente cerca de Emma y Lucía. —Su voz era firme, cortante, sin lugar para dudas.
E