El chirrido de la puerta metálica retumbó en el pasillo como un rugido grave. Alejandro la empujó lentamente, cuidando que el sonido no alertara a nadie. La bisagra oxidada respondió con resistencia, hasta que por fin cedió. Detrás, el aire cambió: más frío, más cargado, como si cada molécula estuviera impregnada de secretos guardados demasiado tiempo.
Emma lo siguió con el corazón acelerado, su mano firmemente aferrada a la de él. Sentía que si lo soltaba, aunque fuera un segundo, lo perdería