El amanecer se colaba tímido por las persianas del apartamento, tiñendo las paredes de un tono ámbar, como si intentara suavizar el peso de la noche anterior. Emma despertó primero, aún envuelta en los brazos de Alejandro. Sus cuerpos seguían entrelazados, el calor compartido como única muralla contra la incertidumbre que los acosaba. Durante unos segundos, se permitió contemplarlo en silencio: su respiración profunda, la tensión aún marcada en su mandíbula incluso en sueños, el ligero temblor