El muelle había quedado en un silencio extraño después del disparo. El eco todavía vibraba en los contenedores, como si el metal mismo hubiese absorbido la violencia del momento. El cuerpo de Esteban permanecía de rodillas, tambaleante, con la mano presionando la herida en su abdomen. La sangre goteaba y se mezclaba con el agua salobre del suelo, formando un charco oscuro que parecía devorarlo poco a poco.
Isabela seguía apuntándole, las manos firmes pero los ojos desbordados de lágrimas. No po