La noche pesaba como una losa sobre el apartamento. Afuera, el tráfico del centro de la ciudad seguía su curso con indiferencia, pero dentro, cada alma estaba atrapada en un torbellino de ansiedad. El silencio, interrumpido apenas por el zumbido del refrigerador y el tic-tac del reloj, resultaba insoportable.
Mateo caminaba de un extremo a otro, como un animal enjaulado. Sus manos temblaban, sus ojos enrojecidos no habían dejado de derramar lágrimas desde que Clara fue arrastrada por aquellos h